Bienvenida


Pensamientos, Sentimientos, Deseos y Nuevos conocimientos

Sunday, 30 August 2015

Cambio (Cuento corto)

Lloraba en la acera. Sentía el sol casi quemarme en la nuca mientras la impotencia y la ansiedad emergían en mi cuerpo, aumentando gradualmente de intensidad. El pánico se apoderaba lentamente de mí, mientras lo único que sabía y podía hacer, era llorar. Las lágrimas resbalaban por mi rostro, mientras, con las rodillas contra mi pecho, y la cabeza hundida entre ellas, me sentía casi morir.

Aunque siempre he escuchado que morir es lo peor que le puede pasar a una persona, una parte de mí siente que no debe ser tanto. Es algo tan natural como vivir, y hasta más fácil, creo yo. Pero, la verdad, en ese momento era tan horrible lo que vivía, que tal vez la expresión “me sentía casi morir”, no es la adecuada. Más bien sería algo como “me sentía en un limbo en el que no sabía nada, excepto que era insoportable”.  Sea como sea, realmente me sentía muy mal. Desfallecida, completamente derrotada, y alejada del mundo, incluso de aquel cemento en el que reposaba  mi cuerpo en ese momento, y todo lo que había a su alrededor.

El calor y la quemazón aumentaban en la parte alta de mi espalda. Entre tanto pensamiento y emotividad que me embargaba, pensé que mi cicatriz quedaría aún más marcada, para siempre, si permitía que el sol me continuara dando en esa parte de mi cuerpo. Me levanté un poco la camiseta y me cubrí esa parte, mientras sorbí un poco del agua salada de mi nariz. Sin saber por qué, por primera vez en aquel largo rato, miré lo que me rodeaba, donde había llegado sin saber cómo: Las vías del medio de transporte masivo de la ciudad estaban frente a mí, justo debajo de un amplio puente vehicular que tenía varias vueltas, muy ancho, y al otro lado, se veían unas amplias paredes blancas, algo sucias ya, e idénticas a aquellas contra las cuales yo estaba algo recostada. La vista bajo los puentes de la Calle 26 con Avenida Caracas, me daba una sensación de soledad mayor, si era que podía sentirla aún más. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que algún habitante de calle se acercase a mí, en busca de dinero, ropa o comida. Igual, no me importaba. Ya nada, en absoluto.

Volví a meter mi cabeza entre mis rodillas, sollozando. Recordé, repentinamente, muchas situaciones que había vivido tan sólo unos metros por encima de ese lugar. Aquellas largas caminatas, charlas y miradas me inundaron la mente, sin el ingrediente de siempre: ilusión. Eso ya era historia, pasado. Ese hombre que me acompañaba en todos los recuerdos, ya se había ido, o más bien, yo lo había dejado. Todo lo vivido juntos, todo lo que para mí (¿Y tal vez para él?) había significado, era ahora otro relato más de aquellas calles, entre las muchas historias de las cuales seguramente también habían sido testigos.

De pronto, sentí una mano en mi hombro izquierdo. “No, aléjate, tú ya no existes para mí, tú ya no haces parte de mi vida”, pensé. Repentinamente comprendí que aquello no hacía parte de las memorias que estaban inundando mi cabeza, sino de mi vida real, la de ese momento. Me sobresalté, y levanté mi cabeza, mirando hacia arriba, pese a que el brillo solar no me dejaba hacerlo bien: A mi izquierda, un hombre joven, sucio y un poco desaliñado, me miraba con cara de preocupación. Antes de que las palabras salieran de su boca, comencé a sacar lo poco que tenía en mis bolsillos. -“Tome, mire, es todo lo que tengo. Por favor, no me haga quitar la ropa, que es, realmente, lo único que me queda “.- Las palabras salían precipitadamente de mis labios. -“Se lo juro, por favor, no me haga nada, yo sé que éste lugar es su casa y es como si fuese de ustedes, pero de verdad no supe a dónde más ir”.- Las lágrimas me salían con más fuerza, conforme seguía hablando y sollozaba, mientras el miedo corría por mis venas. Me había equivocado: aún quería seguir viva.

Dejé el dinero, las tarjetas de transporte y el celular a los pies del recién llegado. Me arriesgué a mirarlo rápidamente a los ojos, y descubrí, para mi sorpresa, que aún conservaban algo de brillo, y que no parecían querer atacarme. No obstante, me recogí más, y me hundí nuevamente en mí misma. El hombre se agachó y se mantuvo en cunclillas cerca de mí. Sintiéndolo así, levanté la vista nuevamente, y lo miré un poco más desafiante, pese a sentir que la ansiedad me invadía nuevamente, mientras, esta vez, era él quien hablaba:
-“¿Qué le pasa, señorita? ¿Qué hace por acá? Esto puede ser peligroso, le pueden hacer de todo. Déjeme la acompaño a buscar un lugar seguro”.-  Su voz ronca no ocultaba el hecho de que aún era joven, y mantenía algo de vida, más allá de la simple carne o el cabello. - “Mire, usted no me conoce, pero créame que yo sé cuando una persona no pertenece a un lugar. Hágame caso, vámonos antes que lleguen los otros, que esos sí no se ponen con nada. La pueden despellejar viva por estar invadiendo su casa. Esos no dejan que nadie se meta acá, a mí ya me pasó”.- Estiró su brazo derecho y me mostró una larga cicatriz que tenía, evidentemente hecha con un objeto corto-punzante.

Me sentí completamente desarmada. Aquel hombre, evidentemente de la calle, con un poco de mal olor (mucho menos del que pensé que podría tener), y sucio, parecía querer protegerme. Era paradójico, pues, aunque ahora tenía claro que tenía miedo de morir, vivir era algo que ya me sentía arrebatado. Desconfié de sus palabras, pero había algo en su mirada que inevitablemente me hizo creerle. Con cautela, comencé a hablar, mientras me limpiaba la cara con el brazo, recogía mis cosas del suelo, y, con dificultad, me ponía de pie. Él me ayudó a parar, mientras me escuchaba.

Me terminé desahogando con aquel desconocido mientras íbamos caminando por la larga acera, en dirección oriental, hacia las montañas: -“Entonces, cansada de todo, decidí irme. Acabo de abandonar todo: Mi carrera, mi familia, mi casa, mis cosas, mis libros, mis recuerdos… Mis sueños”. -Una lágrima inesperada resbaló por mi mejilla. -“Y no pude decir todo lo que quería decir, ni hacer nada, porque simplemente era imposible hacerlo... Si usted los conociera, entendería. Yo siempre he sido como una oveja negra inevitablemente disfrazada de blanco. Siempre he sentido y pensado muchas cosas por dentro, pero siempre termino haciendo un filtro que hace que, al final, lo que digo no sea ni la mitad de lo que pienso, mucho menos una pequeña parte de lo que siento. Y ya no más, creo que, finalmente llegó el momento en el que tuve que explotar, y no sólo con ellos, sino con el que, por algún motivo pensé que sería el amor de mi vida”.-

Me detuve en ese punto. Pensar en él, no como parte de un recuerdo, sino como persona y como hombre, me hizo sentir una profunda punzada de dolor en el pecho, que me hizo sollozar. El hombre me tocó el hombro en señal de aliento: -“Créame, ya verá que todo pasará…”   -Lo miré con gran escepticismo. -“¿Que cómo lo sé? I don´t know, it´s a mystery!”, dijo. Me impresionó tanto el escucharlo hablar en inglés, y de aquella película que tanto me gustaba, que casi me tropecé con la acera. El hombre se rió con su boca algo desdentada, mientras impidió que me cayera del todo. Quise decirle lo que me había pasado pero me dio vergüenza admitir la magnitud de mis prejuicios, aunque en ese momento eran completamente justificados para mí. Él debió adivinar lo que me ocurría, y lo dijo con una mueca, similar a una sonrisa, en sus labios: -“Yo sé, usted no se esperaba que la hubiese visto alguna vez, y menos que hablara otro idioma. Pero eso es parte de mi historia. Me encanta Shakespeare, y creo que una de las cosas que más extraño es tener libros y películas para ver y leer, en la comodidad de una sala, o una playa."
"Y ya que estamos desahogándonos… Aunque la realidad mía me muestre otra cosa, yo sigo creyendo que alguna vez saldré de esto, y que ayudaré a otros compañeros también. Por eso, y después de todo lo que me ha contado, le digo: Usted no pertenece aquí. Usted no nació para subirse en buses o pelear por un pedazo de cartón, o matar para comer. Usted nació para ayudar a la gente que hace eso, para darles la oportunidad de que vivan la vida que de verdad quieren vivir, no la que creen que les tocó vivir”.-

Mi sorpresa por cada expresión de aquel hombre aumentaba peligrosamente. Comencé a pensar que todo aquello se podía tratar de un sueño, o de un delirio. Me pellizqué el brazo izquierdo por detrás de mi espalda, pero sí, me dolió. Hice un gesto de dolor, que rápidamente evadí diciendo que me dolía el cuerpo. El hombre volvió a sonreír, y me pasó hoscamente la mano por mi espalda, en señal de estar sobando. Recordé, de repente, la realidad de mi presente, y comencé a sentir aquel horrible frío interno ya conocido. El dementor que me acechaba me comenzó a aspirar la poca sensación de bienestar que estaba sintiendo hasta ese momento, y me hizo temblar. Mi compañero, rápidamente, se quitó su chaqueta y me la puso sobre los hombros. El dementor desapareció a cual boggart. En ese momento, con el olor que percibí de su ropa, y siendo un poco más consciente de la situación, me sentí un poco más “de la calle”. Me dí cuenta de que, sí, en efecto estaba sola, y que no tenía a dónde ir, pese a que sabía que sí tenía. Supe que una vida de libertad absoluta era aquello que siempre me había llamado desde la distancia, y que yo, por el miedo al riesgo y a la culpa, había ignorado.

El silencio se fue apoderando de nosotros, mientras la estación del transporte masivo de la ciudad más cercana, se vislumbraba a lo lejos. Pensé en cómo me hubiese gustado contarle al hombre, el resto de mi historia, pero quise, y me pareció que era justo y necesario, escuchar la suya. Él se sorprendió cuando se lo dije, y dio un largo suspiro. Su mirada, ahora perdida en el horizonte, me hizo saber que el relato no sería fácil, ni esperado. Miró al piso, y, al levantar la vista, dos lágrimas resbalaban por su cara, de cada uno de sus ojos.

Comenzó su historia. Una bandada de violencia, baja autoestima, y toma de decisiones impulsivas, surcó el aire. Sus palabras, duras, y llenas de rabia y sufrimiento, me traspasaron. No era la típica historia de drogas e ignorancia: Era un relato con dolor, por haber tenido un padre y una madre abandónicos. Era él, quien, inusualmente pasivo y callado frente a los demás, había tenido que salir a defenderse en la calle, después de abandonar, en contra de su voluntad, su casa, y con ella, sus sueños. Era la culpa que sentía por haber tenido que dejar a su hermano menor allí solo, y el no haberlo logrado sacar de allá, pese a todos los intentos que había hecho, lo que lo llenaba de frustración. Era una historia en la que era evidente que, a pesar de llevar varios años en la calle, con un trabajo diario de reciclador, y habiendo vivido infinidad de peleas, muchas al borde de la muerte, él no se rendía. E insistía en que sus mejores amigos eran quienes lo habían ayudado a seguir adelante. Hubo algo en la manera en la que se refirió a ellos, que me hizo pensar que no eran amigos convencionales, sin embargo, no dije nada, y seguí escuchando: -“Y luego, esos malnacidos me quitaron todo, otra vez, y quedé, literalmente en calzones. Entonces, me acordé cómo Robinson Crusoe y en la película de Náufrago, ellos tuvieron que hacerse su propia ropa, conseguir su comida, y luchar por sobrevivir, y me dije que eso exactamente sería lo que yo haría. Y me juré, que nunca más me dejaría robar algo, mucho menos, a ninguno de ellos.” – Lo miré con una expresión de incompresión, y él prosiguió: -“Creo que ellos me dieron la fuerza para seguir vivo, de verdad. Fue un poco como Matilda, ¿Sabe? Como que uno se da cuenta de que a veces los mejores amigos son los que no hablan, son los que escuchan, o se hacen escuchar de otras maneras…”.- Suspiró y de repente su voz se quebró un poco, aunque no se asomaron lágrimas. –“El trabajo apareció después. Uno de los tipos que habían estado cerca de la pelea, como que le dio lástima verme así tirado, todo herido, y se acercó, después de que los otros se fueron. Me dijo que él trabajaba en Reciclaje, y que de pronto me podía servir, por lo que me dejaba el dato. Y me dijo lo mismo que yo le dije a usted cuando la ví: Usted no pertenece aquí, a esto.”-

Con un respingo, me dí cuenta de que me había metido mucho en la historia. Sobre lo último que me acaba de decir, ya lo entendía, pero era difícil pensar, en aquellas circunstancias, si uno era o no era de un lugar ú otro. Cogí su mano y la apreté un poco, en señal de apoyo y comprensión, un tipo de amistad completamente novedosa para mí. Él me miró y torció una media sonrisa, mientras rápidamente volvió su mirada al suelo. Sintiendo cómo el bochorno me había hecho sudar bastante, más aún bajo aquella chaqueta, me la quité y se la devolví, agradeciéndole. Él la recibió, y la olió, comentando cómo se sentía de diferente a su olor habitual. Sonreí apenada, y, asombrada, me dí cuenta a dónde habíamos llegado. Los recuerdos me abrumaron nuevamente, sin que yo estuviese lista para ello. Comencé a decir que me quería ir hacia otro lado, pues aquel lugar me evocaba cosas tristes. Él, comprendiendo lo que ocurría, me señaló un lugar, al otro lado bajo el puente, que me explicó que por ahí era su casa.

Lo seguí mientras me ayudaba a escalar aquellas paredes llenas de grafittis. Ascendimos un rato por el parque, el cual, pensé, hacía apología a su nombre, justo en aquellos momentos en los que me encontraba: Independencia. Pensé en el tipo de vida que me podría esperar de ahora en adelante, viviendo por la zona, por el lugar. Existir de aquella manera no se me hacía agradable, y me daba un miedo profundo. Sin embargo, el sentir que tenía ahora un nuevo amigo en aquel mundo rudo que me esperaba, me dio esperanzas. Lo miré un momento, mientras apartaba largas ramas de árboles que se encontraban en el piso, para que pudiésemos caminar. Recordé las palabras que me había dicho, esas relacionadas con pertenecer a un lugar, y sin entender cómo, saber que todo saldría bien al final.

Llegamos, y lo que ví, me tomó desprevenida: Un perro y una perra, de los llamados “criollos”, lo esperaban, acostado cada uno a la orilla de las cajas que hacían de paredes. Al verme, ambos se acercaron corriendo a olerme. Una caja mediana de metal, vieja y algo oxidada, se hallaba en un rincón. Un colchón desgastado con unas cobijas encima, servían de cama, a cada lado de las cuales se encontraban bolsas plásticas, botellas y papeles en columnas, mientras que varias montañas de cajas ordenadamente aplanadas se encontraban sobre una enorme carreta que estaba en toda la entrada de aquel lugar, la cual él movió cuando llegamos. Un enorme plástico servía de techo, y recubría todo, sostenido por unos gruesos palos de madera enterrados en cada esquina, desde la parte exterior.

Él sonrió nuevamente al ver mi expresión de asombro, y me señaló la caja metálica: -“Junto con Toto y Lala, ahí están mis mejores amigos”. La cogió, y ví que tenía un grueso candado puesto. Sacó de uno de los bolsillos de su pantalón una llave plateada sucia, y la introdujo. Entonces, al abrir la caja, entendí: Al menos una docena de libros se encontraban allí apiñados, uno encima de otro ordenadamente, en dos columnas. Los sacó con sumo cuidado, uno por uno, y me los mostró. Aquellos títulos, algunos de libros clásicos, otros más modernos, y provenientes de autores de diferentes países alrededor del mundo, incluyendo el nuestro, me hicieron sentir gratamente sorprendida, y, si cabía más,  impresionada por aquel sujeto que tenía a mi lado. Sonreí, tomando tímidamente uno de aquellos amigos suyos, sintiendo como si fuesen reliquias al tocarlos.  Él me miró, y sonriendo también, se sentó en su cama, cogiendo otro de ellos, y comenzó a hojearlo. Me senté a su lado, los perros se acercaron con cautela, y, tras olerme nuevamente, la perra se recostó contra una de mis piernas. Por un momento miré al horizonte, antes de proseguir con la lectura, y lo supe: No sólo ninguno de los dos pertenecería a aquel mundo por siempre, sino que, al final, y de alguna extraña e inesperada manera, todo saldría bien.


Por: Interior Profundo (Octubre del 2014)

No comments:

Post a Comment