Los minutos y segundos pasaban mientras yo, nerviosa, caminaba de un lado para otro, retorciéndome las manos, también en parte por el frío. Bogotá era una ciudad cuyo clima comúnmente helado y lluvioso había comenzado a cambiar de manera drástica con el tiempo. El calor insoportable, el sol cegador y responsable de varias migrañas y foto-fobias en la gente, y la sensación de estar constantemente entre humores corporales se habían vuelto parte de nuestro cotidiano citadino. Sin embargo, esta vez, la amenaza de llovizna que se veía en las montañas se reflejaba de alguna manera en el viento que sentía pasar por mi cara en ese momento, levantando al vuelo mi gabán, y para la falsa ilusión de algunos, mi vestido.
Definitivamente, ese era un día diferente, ¡Qué novedad! Incluso en el clima, pues aquel brillo solar sofocante y quemador de las pieles más delicadas había dado paso a, nuevamente, fuertes vendavales cargados con un tenue rocío, el cual, debo confesar, disfrutaba sentir en mi piel sin importar el momento en el que ocurriese. Recordé que una vez leí que el clima reflejaba lo que las personas experimentaban. Eso explicaba cómo, muchas veces, los funerales ocurrían bajo una lluvia inclemente, en la que el cielo parecía llorar tanto o más que los dolientes. O cuando salía de una iglesia una radiante pareja de recién casados, bajo un precioso día en el que el sol parecía reflejar el significado de la palabra Felicidad.
De pronto, escuché el repiqueteo de campanas de la capilla cercana: Faltaban 15 minutos. Sonreí nerviosa, mirando para el suelo, como siempre me pasaba cuando pensaba en algo relacionado con él, o con mis más profundos sentimientos (o deseos), en la vida. Era imposible negar que la satisfacción de, finalmente, acabar con aquel juego, me hacía sentir nostalgia de los tiempos pasados, que ninguno de los dos sabíamos que lo fuesen a ser, así como también traían a mi mente posibles escenas futuras de lo que ocurriría,
Esto era agotador, aunque al mismo tiempo excitante, si cabía la palabra. Él era tan obstinado y yo también, que difícilmente podría saber en qué terminaría todo, hasta que finalmente sucediese. Hasta que uno o los dos sucumbiésemos a algo más. Ese sería el final.
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Algo ocurrió. Sentí cómo mi cuerpo se movía involuntariamente, mientras todo a mi alrededor también lo hacía. Un derrumbe de emociones, junto con una extraña sensación de mareo, y pérdida del equilibrio me invadieron. Cerré mis ojos para no ver, para no ser consciente de lo que estaba pasando, pese a no saberlo en absoluto. Escuché voces y gritos lejanos y de pronto, me caí. Todo se volvió negro.
En algún momento, fui consciente de un olor a tierra y escombros que me hizo estornudar varias veces. Supe que había algo extraño, particularmente en mí misma. De repente, por impulso y debido al dolor, me toqué la cabeza por detrás. Sin abrir los ojos pude notar el olor a óxido característico de la sangre, y por lo que palpaba mi mano, era abundante. Estaba sangrando.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras el miedo me invadió de repente. No quería morir, eso era claro, y mucho menos de esa forma. Por un momento, algo en mi inconsciente me dijo que había algo importante que no recordaba, pero que estaba ahí. Hice mi mayor esfuerzo por acordarme de aquello pero no lo logré. Aterrada, comencé a obligarme a decir, en mi mente, los nombres, fechas y relaciones que tenia con las personas más allegadas: Me llamo... , tengo 26 años, vivo y nací en Bogotá, mis padres se llaman... , tengo unos hermanos y hermana llamados... , vivo en... , mi teléfono es... , mi cédula es... Por momentos sentía que no lograba recordar toda la información, pero, y pese a la creciente jaqueca que sentía, me obligué a recordar hasta que lo hice.
Abrí los ojos. El polvo y lo que parecía ser una espesa capa de humo lo cubría todo, y a duras penas podía ver los objetos más cercanos a mí. Devastada, traté de girar y ver a mi alrededor, pero no lo logré. El dolor corporal que tenía me lo impedía, al igual que una especie de parálisis que sentía desde mi cuello para arriba. Pese a estar medianamente sentada, noté que mantenía mi peso en mi mano derecha, la cual estaba apoyada en el piso. Traté de incorporarme lentamente, y con gran dificultad logré abrazarme las piernas: Magulladas, llenas de suciedad, con algunos raspones, y, por encima de todo, extrañas. Así las veía.
No entendía nada. Por algún motivo comencé a cantar una nana, como consolándome a mí misma al estar viviendo aquello. En un momento quise gritar para pedir ayuda, pero no lo hice. No sabía si podía físicamente hacerlo, y el sólo riesgo de descubrir que no podía, me paralizó. Traté de pensar en algo alegre, lindo o esperanzador, pero no pude. De repente, sentí un vacío en mi estómago que hacía mucho tiempo no sentía: Lo que fuese que hubiera ocurrido donde yo me hallaba podría haberse repetido en otras partes de la ciudad. Busqué mi celular desesperada, untando con sangre mi bolso, al utilizar la mano derecha. Lo encontré, y quise marcar el número que necesitaba, pero mis dedos no me respondieron. Comencé a notar que veía algunas cosas de manera muy extraña, unas como si flotaran, otras borrosas, y otras con unos extraños colores alrededor. Recordé, irremediablemente, algunos retazos de mis clases en la universidad cuando veíamos Neurociencias, y las manifestaciones sensoriales que se percibían cuando se experimentaba un accidente cerebro-vascular. Era horrible ser consciente de ello, y me di cuenta de cómo el pánico sólo encontraba formas de crecer en mí, ahora con aquel viso de conciencia. Traté, en vano, de marcar el número de celular que inconfundiblemente recordaba, y al final tuve que rendirme, sintiendo las lágrimas resbalar por mi rostro.
Pensé en ella, en la persona que más quería, amaba y necesitaba en el mundo. No saber cómo estaba, ni cómo estaban los demás, al igual que saber que ellos no sabían cómo estaba yo, me producía una tristeza y desazón difíciles de expresar. Sabía que estaría angustiada por mí y por todos, si estaba consciente desde luego, y que las líneas de telecomunicación probablemente estarían caídas, por lo que sería imposible comunicarse. Poco a poco me dejé caer de nuevo, sintiéndome ir cada vez más. Rápidos pensamientos y recuerdos pasaban por mi mente, curiosamente muchos eran hermosos, llenos de orgullo, alegría y felicidad. No era consciente de si tenía los ojos abiertos o cerrados mientras ocurría aquello, pero sí sabía que sonreía. Sabía lo que probablemente se avecinaría, y, pese al miedo que sentía, una parte de mí estaba tranquila, y gracias a esas imágenes, felíz.
Un brazo me levantó por detrás de la espalda, o eso que aún sentía que lo era. Por un momento, la imagen de aquel hombre musculoso de facciones suaves y ojos hermosos, que había conocido en una fiesta y que había captado mi atención, apareció en mi mente. Quise abrir los ojos para ver si era él, pero no pude hacerlo. Sentí cómo ese alguien me elevaba y percibía su respiración y humor, pese a la densa capa de polvo que seguramente lo recubría. Sí era un hombre, y era fuerte, físicamente hablando, pero supe que no era él. No sólo aún era consciente de que sería mucha casualidad que justamente estuviese por la zona y me hubiese visto allí mismo, sino que sentía que quien me llevaba en ese momento, no era alguien que yo conociera ni que me conociese. Sin embargo, y por obvias razones, me sentí eternamente agradecida. Probablemente no resistiría llegar a un sitio para que me atendieran, pero el intento de aquella persona me parecía muy generoso.
Repentinamente, una descarga eléctrica sacudió mi cuerpo y una imagen inconfundible ocupó todo el espacio libre en mi mente. Quise, nuevamente, gritar y abrir los ojos para ver la realidad de donde me hallaba, pero, otra vez no lo logré. Su recuerdo me ocupó todo el cuerpo, y pese a que la sensación de mareo y desvanecimiento se acentuaban en mí también, su cara, su voz y su humor se fundieron con lo poco que, sentía, quedaba de mi existencia. Algunas lágrimas que no lograron salir, buscaron otro camino, y sentí que mi corazón, débil, latía al ritmo de lo que podría haber sido un llanto solitario.
Una camilla pegó contra la parte de atrás de mi cuerpo, mientras yo sólo podía ver en mi mente, su cara, y particularmente, sus ojos. Su mirada siempre inquieta me miraba fijamente mientras yo, muda, simplemente lo contemplaba, y, gracias a algo que me estaba haciendo quien o quienes me estaban auxiliando fuera de mi cuerpo, comencé a escuchar con claridad los gritos, ruidos y movimientos que me rodeaban, siendo más consciente de lo que ocurría en mi exterior. De repente, su imagen se desvaneció, al igual que mi consciencia.
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Blanco. Un espacio que parecía vacío, o al menos completamente blanco, me rodeaba. Podía desplazarme por él, pero había algo extraño. No sentía mis piernas, ni mis pies, ni mi cuerpo, de hecho. Sabía que estaba en aquel lugar, y así mismo me movía, pero era como si no necesitase nada más que pensarlo, para saberlo. El recuerdo de él se mantenía en mí, también de una forma diferente a la usual, y, a pesar de todo, dolía
¿Dolor? Me pregunté de qué manera podía yo sentir aquello, cuando ni siquiera percibía un cuerpo que lo sintiera. De una manera muy diferente a la que había sido en mi vida, ese pensamiento, esa inquietud se fue de mi ¿Mente?, y continué simplemente sintiendo aquello.
Quise hablar, gritar, pero no podía. Esa idea la sentí, nuevamente, extraña, diferente a como solía formarse en mi cabeza. ¿Qué había pasado? Evidentemente aún tenía algo en mí que funcionaba, pues sentía cosas, y el recuerdo de él permanecía en mí. Ergo, no estaba muerta ¿En un limbo, quizás?
Quise hablar, gritar, pero no podía. Esa idea la sentí, nuevamente, extraña, diferente a como solía formarse en mi cabeza. ¿Qué había pasado? Evidentemente aún tenía algo en mí que funcionaba, pues sentía cosas, y el recuerdo de él permanecía en mí. Ergo, no estaba muerta ¿En un limbo, quizás?
Qué absurdo, demasiadas series de TV y películas había creído en mi vida. Entonces, si no era ninguna de la dos, ¿Qué pasaba, y cómo le pondría fin? Estas ideas revoloteaban en mí, pero no las sentía pesadas, estresantes, o absurdas, como habría podido esperar. Antes bien, eran parte de la misma esencia de lo que era yo en ese momento.
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Una película se rebobinó en mi mente a toda velocidad. escenas, personas que conocía y reconocía, con otras que no, pasaron como una ráfaga frente a mí. Los recuerdos y una vaga sensación de nostalgia me fueron apareciendo en aquel retazo de existencia que tenía, aunque no entendía aún cómo era posible que recordara o sintiera sin tener un cerebro que pudiera percibir aquello.
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Una película se rebobinó en mi mente a toda velocidad. escenas, personas que conocía y reconocía, con otras que no, pasaron como una ráfaga frente a mí. Los recuerdos y una vaga sensación de nostalgia me fueron apareciendo en aquel retazo de existencia que tenía, aunque no entendía aún cómo era posible que recordara o sintiera sin tener un cerebro que pudiera percibir aquello.
Por algún motivo la película se "detuvo" en una escena en la que estábamos los dos, solos. Había un cuarto en el que entraba la luz de una ventana amplia, mientras que los dos estábamos parados frente a frente, mirándonos, mientras el sol brillaba por ella un poco, dando el indicio de que ya caía la tarde. Quise intentar recordar aquello, cuándo había ocurrido, en dónde, pero no lo logré. No reconocía aquella habitación, ni nuestras expresiones, ni el día en el que esa escena había ocurrido... Lo que sí tenía claro era que nos estábamos comunicando, mediante nuestras miradas, la posición de nuestros cuerpos y la cercanía que emanábamos. Sentí una ligera sensación de alegría al vernos allí, y por un momento quise quedarme así, viéndonos, para siempre. Sin embargo, un momento después la "cinta" continuó devolviéndose a toda velocidad, sin dejarme siquiera ver lo que había pasado antes en esa situación.
Cerré aquello que sentía como "mis ojos", y nuevamente su cara ocupó toda mi "mente". Me di cuenta que podía haber transcurrido poco o mucho tiempo desde que me había "convertido" en aquel ser, pero el recuerdo de su rostro seguiría en mí, tan claro como siempre. La rebobinación se detuvo, y la imagen que apareció se quedó en blanco
¿Qué significaba aquello? ¿Por qué había parado y yo no podía hacer nada más, sólo contemplarlo?
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Percibí gritos y voces cercanos aunque no entendía lo que estaba ocurriendo. Comencé a sentir nuevamente un peso, mucho dolor y una sensación de percepción corporal. No entendía lo que pasaba pero me dolía algo así como una masa de nuevo, que ahora podía sentir. Extrañaba la sensación de antes, sin pesos, cargas, dolores. Creía entender lo que había ocurrido pero no estaba totalmente segura y no me interesaba estarlo. Quería encontrarlo a él, volver a verlo de alguna manera, sentirlo una vez más. El recuerdo de su cara, usualmente vívido e intenso, se iba disminuyendo conforme la sensación de peso y dolor corporal aumentaban. "Lo extraño", me di cuenta, mientras escuchaba un pito intermitente proveniente de algún lugar cercano, unido a unos gritos humanos de júbilo.
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