No quería que nos tuviésemos que alejar de nuevo, pero así eran las cosas. Además, había un trabajo, un lugar, un futuro de por medio. Supe que era la última vez que nos veríamos, al menos de manera consciente e intencionada. Vi una parte de mi futuro reflejada en sus ojos, y no pude evitar que un lágrima se asomase. Una, dos, tres, incontables. La expresión de su rostro cambió, y, preocupado, simplemente me abrazó. Y entonces, le dije al oído lo que hacía tanto tiempo todo mi ser necesitaba expresarle: "Te quiero. Mucho. No sabes cuánto voy a extrañarte, cuánta falta me vas a hacer. Gracias por haber sido mi ángel, desde cuando "peleaste por mí" al principio, hasta este mismo momento. Nunca conocí alguien como tú. Mereces mucho más de lo que tienes acá. Espero que algún día la vida haga justicia... Y ohh, diantres, en serio te quiero mucho!".
Sentí su sonrisa, al tiempo que su afecto. Me dí cuenta que poco a poco más gente seguía entrando y saliendo de la sala, y supe que era momento de irme. Lo miré por última vez, y le entregué mi regalo, pensando en las ironías de la vida, como aquella, habiendo regalado 2 libros escritos en diferentes idiomas a dos personas que yo había amado, y que probablemente se habían cruzado en la misma universidad y departamento. Él me devolvió la mirada, me apretó fuerte la mano, y me la besó. Sonreí enternecida, y me alejé. Bajé las escaleras, que tantas veces había transitado en los últimos meses, llegué al primer piso, me despedí de la querida guarda de seguridad que me esperaba, como siempre, con una sonrisa. Salí al sol de aquella tarde de viernes, sintiendo muchas emociones juntas, pero principalmente, extrañándolo, y con la incertidumbre por el infinitamente posible milagro. Llevando el regalo especial de una estudiante en mis brazos, caminé calle arriba. Para dirigirme a donde, durante mucho tiempo, había estado mi segundo hogar. Y al cual ahora volvía para confirmar si, realmente, uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida.
.
.
.
No comments:
Post a Comment